Hoy
amanecí nostálgica; la nostalgia es tan buena siempre y cuando no se interponga
en el disfrute del presente.
A
mí me hace sonreír..
He
vivido en Medellín casi toda mi vida y gracias al rock la conozco de la M a la
N, si señores, a ustedes los más jovencitos que yo, les puedo contar que hace
cuatro o cinco años yo también era una plaga de esa mancha negra que se mueve
los fines de semana por todos los barrios y que probablemente en cuatro o cinco
años estén ustedes sonriendo como yo, recordando todas esas anécdotas que ahora
hasta parecen tontas.
(Te
acordás cuando…)
Sí,
a mi grupito de amigos que nunca fue uno solo, les puedo remover algunos
recuerdos de adrenalina adolescente e inocente, o no tanto.
Llegábamos
a algún punto de encuentro como el Parque de los deseos, la Quintana o
cualquier estación de metro, sin tener ni idea el concierto para el cuál
íbamos, ni siquiera si cobraban la entrada; muchas veces nos íbamos con un
tarrito de agua congelada, la pinta más des-complicada, y el pasaje de regreso.
Caminábamos
de cuadra en cuadra, de parche en parche, los días parecían eternos. Dos y
hasta tres conciertos por día. A los más grandes como Altavoz, llegábamos en la
mañana, éramos los primeros en entrar y los últimos en salir, esperábamos terminar
ese día con la manilla de radiónica. Creo que el récord más grande que recuerdo
fue en el concierto de The Skatalites, estuvimos en primera fila durante todo
el día, esperando una banda que tocaba a media noche y sin cansancio, nos la
soyamos* toda y bailamos como siempre, pero es que quién no nos recuerda así?...
Maribel, Andre, Laura, Ana, Isa, Danny,
Krespos, otras más y yo por supuesto, ahí adelante siempre, con el cabello alborotado
de tanto andar y bailando cada canción,
despreocupadas, robando cámara, quedábamos afónicas de tanto gritar y casi
todas las canciones nos las sabíamos. Muchas veces bailábamos con los Skasudos,
esos muchachos que andaban con la bandera de cuadros blancos y negros.
Nuestras
travesías y aventuras siempre tenían una foto de recuerdo, porque siempre llevábamos
cámara, hacíamos una “vaca” para comprar vino de Maracuyá y hasta vendimos.
Ninguna
banda era nuestra favorita, porque íbamos a oír a todas las que nos acogían en sus conciertos y
muchas hasta nos transportaban; no había excusa, sólo bailar.. pero si habían
bandas de muchos que se convirtieron en nuestros parceros, perseguimos a Unos
Vagabundos cada vez que tocaban y hasta nos convertimos en “Unas Vagabundas”,
renuncié a un trabajo y me fui para un toke en Envigado a bailar con mis amigas
el ‘Domador de piso’. Siempre nos dejaba
el metro, excepto el día que el taxista se contagió de nuestra energía e hizo
una carrera persiguiendo el vagón, fuimos truinfadoras y llegamos primero a la
siguiente estación. No nos perdíamos ningún concierto de Burkina, de Ananda, de
los Suxioz, ni de la FurruSKA; íbamos desde los conciertos más podros como los
que hacían en la Finkita de Acevedo, al Antimili, y en la cancha de bomberos de
Buenos Aires, hasta los de centros comerciales y bares cuando nos dejaban
entrar.
Eso,
entrar a un bar, era otra odisea, pero disfrutábamos los cinco o diez minutos
que nos dejaban estar sin cédula, mientras nos sacaban; aunque sin importar,
nos quedábamos afuera, escuchando de lejos y nos hacíamos nuestro propio
parche. Así estuvimos en muchos grandes conciertos que no conseguimos la plata
para la boleta, hacíamos picnic afuera del jardín botánico, escuchando al menos
el eco de la música.
Entre
amagues y empujones, una a una fuimos entrando a los pogos; así fuera solo una
vuelta, ya estaba en nuestra historia.
Podemos
contar que estuvimos año tras año en la fiesta de la música, en Altavoz, en
Quitasol, en Rock comuna seis, en Rockalrío; que Andre y yo fuimos las únicas
asistentes de un concierto de la Providencia en el cementerio de Niquitown, que
vimos nacer y morir la banda de Ska “Santtos”, salimos en las fotos de
Nepentes, fuimos a cada concierto que pudimos de La Mojiganga, fuimos
anfitrionas para la banda de Tolima Dafne Marahuntha, nos hicimos amigas de los
medios, de los músicos, porque hacíamos parte de la escena, éramos parte del
paisaje de los tokes
Fuimos
parte de parches y parches que se hacían y deshacían con el paso del tiempo,
pero siempre estábamos los mismos con guitarras, malabares, vino, muchas ganas
de bailar y siempre una sonrisa.
