Nací en una cuna de
plomo y no le tengo miedo a la muerte, porque ya me lo mataron. Murió mi miedo
a la noche, porque vi a plena luz del día cuando le dispararon. Lo vi tomándose
una última cerveza y me dijo “niña, Dios la bendiga”, ya tenía las manos frías
y olía a tumba, estaba esperando a su sicario que traía a la muerte enredada
entre los dedos.
Sonaron cuatro tiros.
Dos le dieron en el pecho, uno en los sueños de su hija y el otro todavía lo
escucho retumbando mi mente. A mi ese día también me mataron, Dora, no llore
más, no sólo su hijo está muerto.