Desperté. Había chocolate caliente en un tazón en la
mesa, pero no había nadie. Sonaba la mitad de una canción, estaba en el minuto
treinta y dos, sintonizada en una emisora local. ¡Sonaba música, pero no había
nadie! En la sala no había nadie, en mis recuerdos no había nada. Habían dejado
la puerta del balcón entreabierta, me asomé, pero ya no había nadie. Estaba una
cusca de cigarrillo apretada contra una lata negra, desfigurada por la fuerza
con que fue pegada. Las cenizas todavía estaban calientes, pero no podía ver a nadie.
Ni siquiera se veía nadie en la calle. El baño estaba húmedo, el suelo estaba
sucio, el mueble tenía marcas de un sueño profundo. Nada estaba intacto, pero
no había nadie. Siempre despierto cuando todos se han ido. Creo que camino muy
lento y que el mundo va muy rápido.
